Despoblado de Baigorri

Despoblado de Baigorri

Ruinas medievales suspendidas entre el poder, la historia y paisaje estellés.
Cuándo visitar: El despoblado de Baigorri puede visitarse durante todo el año. La primavera y el otoño son recomendables por la riqueza cromática del entorno y la lectura clara del paisaje histórico. El verano ofrece una experiencia más luminosa y abierta, mientras que el invierno aporta una atmósfera silenciosa y sobrecogedora. Baigorri fue durante siglos una villa con identidad propia. Documentada desde 1057, contó con palacio, iglesia románica, concejo y una población estable que en el siglo XIV llegó a superar los cincuenta fuegos, es decir, viviendas. Por lo que se estima que en esta época el poblado podría haber tenido alrededor de 200 habitantes. El palacio fue construido durante la primera mitad del siglo XVI. Su traza horizontal con dos cuerpos se articula por gruesas columnas de capiteles decorados con bolas de estilo Reyes Católicos o con cadenas que, en su origen se concibieron como logias abiertas, si bien se encuentran parcialmente cegadas. La arquitectura del palacio fue considerada única en Europa por su concepción espacial, su relación directa con el paisaje y su carácter innovador entre el gótico final y el primer renacimiento. Entre los restos del antiguo caserío también se conservan las ruinas de la iglesia de la Purísima Concepción, un templo protogótico de comienzos del siglo XIII. De su estructura original, de una sola nave y ábside semicircular, aún se mantienen en pie parte de los muros, algunos pilares con capiteles decorados y restos de las bóvedas. También pueden verse varias saeteras y los vestigios de la torre que se alzaba a los pies de la iglesia. Baigorri formó parte del patrimonio de la Corona de Navarra hasta pasar a manos de los Condes de Lerín y, posteriormente, del Duque de Alba, convirtiéndose en un enclave señorial estratégico. Las fuentes históricas, especialmente las recogidas por Julio Altadill y documentos del siglo XVIII, describen Baigorri como un lugar rodeado de un extenso bosque, principalmente de encinas. En 1788, un informe enviado a la Real Academia de la Historia señala explícitamente que en este bosque, o monte, tiene el conde de Lerín un palacio. Esto confirma que el palacio no se construyó en un espacio abierto, sino dentro de una gran zona forestal que ocupaba una parte elevada sobre el río Ega y que proporcionaba caza, madera, pastos y aislamiento. Durante los siglos XIX y XX, gran parte de ese bosque fue talado, incendiado o degradado, especialmente tras la venta del señorío y los cambios de propiedad. El siglo XIX marcó uno de sus episodios más duros: la destrucción parcial de la iglesia durante la ocupación napoleónica dejó unas ruinas atípicas para impedir que volviera a ser utilizada como fortaleza por las guerrillas de Mina. Por eso hay muros desaparecidos y otros aún en pie, que hoy impresionan por su crudeza. A lo largo del tiempo sufrió un progresivo declive demográfico, alternando períodos de abandono y repoblación, hasta quedar definitivamente deshabitado antes de 1960. Las excavaciones arqueológicas realizadas en los años ochenta permitieron delimitar el edificio de la iglesia, localizar la necrópolis y consolidar parte de los restos.